El cambio debe ser de raíz

Siempre son los más vulnerables los que pagan el pato. Esta pandemia una vez más da la oportunidad para que los pueblos abran los ojos y anoten una a una las puñaladas que les están dando los gobiernos neoliberales de sus países. Salvar a las oligarquías siempre ha sido su finalidad además de saquear el Estado que, es decir; el bolsillo del pueblo. Nada se soluciona orando, es la ciencia junto a los recursos humanos y materiales los que deben estar a disposición de la sociedad en este momento, cualquier mandatario que le diga a la población que como solución   se encomiende a Dios, además de ser un cretino y de estar jugando con las vidas de las personas, se está burlando de la inteligencia natural de todo ser humano. 

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Entre el bullicio y la serenidad

Hay días en los que quiero escribir y no puedo y por más que lo intento no fluye, las palabras se esconden. Las ideas se hacen nudos ciegos en mi cabeza y no las puedo desenredar. Enciendo incienso, humo mi habitación, me preparo un té, realizo algunos ejercicios para estirar los músculos, respiro profunda y lentamente. Lo vuelvo a intentar.  Y pasan los minutos y las tres líneas en la hoja en blanco no avanzan, entonces sé que no es día para escribir. El vaso está vacío, no debo escribir cuando el bullicio no me permite expresarme. Necesito el silencio. 

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Pandemia de cinismo

No queremos ver ninguna injusticia de ningún tipo no porque nos duela sino porque nos importa un comino el dolor de los otros y lo que vivan. Y si se nos atraviesa una por el camino nos cambiamos del otro lado de la banqueta o retrocedemos o le saltamos encima como si fuera charco de agua, total que somos buenos esquivando. Históricamente hemos esquivado la memoria y la reconstrucción del tejido social. No hay virus tan fulminante como el del cinismo y ahí nos pintamos solos como humanidad. Virus van y virus vienen, cómo manejan la información los medios de comunicación y los gobiernos es lo que hace la enorme diferencia.

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Las Insurrectas: Doña Vicky, la primera fotógrafa de Ciudad Peronia

Apareció con su cámara colgada del cuello y comenzó a ofrecer sus fotografías, como quien ofrece queso fresco cuarteado, flores recién cortadas, escobas, limar cuchillos, comprar botellas y papel periódico; así simple en un día cualquiera de arrabal. Fue para la década del noventa cuando en Ciudad Peronia solo existía un fotógrafo que llegaba de la capital los domingos  a retratar y regresaba a las semanas a entregar las fotografías  que dejaba fiadas   y   que le iban pagando por pocos.  

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La explotación de los otros

Muchas veces nos sentimos derrotados, frustrados y nos decimos una y otra vez, molestos, furiosos, cuestionantes que; tenemos derecho a una vida mejor. Una vida con derechos laborales, con soltura económica. Derecho a una casa mejor, espaciosa, con gran patio y a otros muebles. A tener el refrigerador lleno de comida. A poder comprarnos lo que queramos, a tener ese dinero extra para viajar y comprar un carro o cambiar el que ya tenemos. A un mejor trabajo, sí tenemos derecho y ese mismo derecho lo tienen otras personas en las que no pensamos por estar ensimismados en lo que creemos que nos falta sin darnos cuenta que otros la están pasando muy mal. 

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Cuando la víctima es indígena

Qué vamos a hacer el día que nos enteremos que el acosador es nuestro hermano, padre, abuelo, esposo, compañero, novio, amigo. Puede pasar en cualquier momento puesto que estamos inmersos en sociedades patriarcales, ¿los vamos a evidenciar como hacemos con los acosadores con los que no tenemos ningún lazo sanguíneo ni afectivo? ¿O vamos a acusar a la víctima re victimizándola, colocándonos del lado del acosador y del sistema patriarcal? ¿Vamos a santificar a ese hijo, hermano, abuelo, padre, esposo, compañero, novio y amigo? Porque creemos inocentemente que los malos son los otros, no los nuestros; con los que hemos compartido toda una vida, o a quienes hemos parido y hemos criado. Y la crudeza de esta realidad es que son también los nuestros, los que pertenecen a nuestro núcleo afectivo y sanguíneo, los clientes fijos en bares y casas de citas.  

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Sobre el lomo del indocumentado

De cuando en cuando voy a comprar a una panadería de dueños árabes que venden pan mexicano y tienen empleados mexicanos. Nadie se imaginaría que esos árabes comen gracias a los latinos indocumentados que viven en los edificios del poblado. Llegan en sus Mercedes Benz de lujo y se estacionan atrás para que los clientes no los vean entrar. Ninguno de ellos se acerca al mostrador, la cara la dan los empleados mexicanos.

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