De Yare hacia las catacumbas del pueblo

 

Hace 23 años el líder de la Revolución Bolivariana salió escotero y sin maleta a sembrar esperanzas por Venezuela y el mundo

LUIS MARTÍN

Hoy se apagan 23 velas en conmemoración de un nuevo aniversario de los primeros pasos de la Revolución Bolivariana, porque aunque todavía no se había definido el rumbo, su padre, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, estaba abandonando de manera legal la prisión de Yare.

El 26 de marzo de 1994 no podía ser sino sábado, día festivo según la tradición universal. Y no podía ser otro año sino ese, designado por la ONU como el Año Internacional de la Familia, del Deporte y del Ideal Olímpico. Tópicos que identificaron siempre a aquel rebelde sobreseído y en el que reposaba la esperanza de las mayorías, para que condujera la ansiada transformación social, política y económica que reclamaba la Venezuela de fines de siglo XX, ante los desafueros de aquella democracia.

A pesar de la convulsión en México por los sucesos de Chiapas, al sur de México donde el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se alzaba contra el Gobierno mexicano en el llamado Levantamiento Carpintero y todas sus consecuencias, que incluyó el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio; a pesar del pronunciamiento de la ETA a Felipe González a quien le pedían seriedad política y amenazaban con agredir a toda la clase dominadora; a pesar de los resultados de las elecciones generales en Italia y sus consecuencias para la política internacional; a pesar del restablecimieto de las relaciones diplomáticas entre el Vaticano y Jordania; a pesar de la exitosa intervención quirúrgica a la cadera de la sempiterna diva Elizabeth Taylor; y a pesar de que el Barcelona F.C. recuperaba a sus estrellas importadas Koeman y Stoichkov, acá en la tierra de Simón Bolívar, aconteció el suceso de mayor relevancia y trascendencia en la historia política universal contemporánea: estaba viendo luz por vez primera la Revolución Bolivariana, que sería desde entonces liderada por el sobreseído Hugo Chávez, quien junto a sus soldados del MBR 200 se había rebelado el 4 de febrero, dos años antes.

Allí Chávez inició su recorrido para sembrar esperanzas libertarias por Venezuela y por el mundo.

Mucho se ha escrito luego de lo acontecido; no obstante, la realidad es que de él poco se sabía, a excepción de su atronador “Por Ahora” y una que otra propuesta colada en entrevistas y proclamas clandestinas que llegaban al público por intermedio de osadas aventuras periodísticas, en franco reto a la innegable censura que privaba en los medios de entonces.

Su defensora, mientras Chávez estuvo en cautiverio, la actual primera combatiente Cilia Flores, afirma: “Él siempre fue consecuente con los mensajes, desde que estaba preso: copias de comunicaciones, cartas, telegramas y dibujos hechos por niños y niñas que recibía; a cada papel le colocaba una anotación y siempre respondía”.

Así comenzó a forjarse el innegable mito en torno a ese teniente coronel rebelde que, tal día como hoy, estaba estrenando su nueva condición para mutar de militar a pueblo común y trascender insospechadamente hasta siempre.

Jamás pudo haberse imaginado ese expelotero, hijo de Sabaneta, que su irreverencia generaría tales esperanzas, que a su vez agregarían una incalculable carga de responsabilidad a su carácter indoblegable y soñador, lo que marcó su destino desde entonces y hasta su temprano adiós, a las 4:25 del fatídico 5 de marzo de 2013.

Como era él, llanero pues, dicharachero, cantador, joropero, aunque profundamente observador y preocupado por su pueblo, ya había decidido dejarlo todo en su sueño de libertades plenas.

Refirió en entrevistas posteriores, que ese nervio de recién salido de que iba a enfrentarse a una multitud y a una audiencia, en esperada y promocionada rueda de prensa desde Los Próceres, lo condujo primero a su Casa de Los Sueños Azules, la Academia Militar, para armarse de valor y en la fina pesquisa hallar las palabras adecuadas, los juramentos de rigor y la petición ante Dios y su guía Bolívar, para que le volviesen expedito el andar con éxito por ese rumbo que ya parecía signado.

“El Movimiento Bolivariano Revolucionario 200 va a la calle, a la carga, a tomar el poder político en Venezuela, va a demostrarle a los politiqueros venezolanos cómo se conduce un pueblo, al rescate de su verdadero destino”, dijo desde la tarima en Los Próceres.

Luego, desde el Panteón Nacional, donde ingresó gracias al empuje del pueblo que hizo fuerzas en contra de las prohibiciones que el gobierno de turno había impuesto contra el naciente líder, expuso: “Hemos venido hasta ti, padre, para la luchar por la Patria que nació de tu mente luminosa y de tu espada forjadora, ¡vamos a la carga! ¡Por ahora y para siempre!”

Al descifrar el momento histórico, Chávez alzó la bandera de la unión cívico militar como única vía para evitar una avizorada guerra civil, promovida desde los centros de poder que no querían ceder ante las inequívocas muestras de nuevas necesidades.

Se hablaba de dos ejércitos; el de Caldera y el rebelde, y basado en la lealtad de los suyos, Chávez siguió buscando vías democráticas y logró unificar esas corrientes.

Comenzó su trayecto con la propuesta de la abstención, buscando una posible renuncia del entonces presidente, Rafael Caldera, quien había sobreseído la causa que lo mantuvo en Yare como líder del MBR 200 durante casi dos años.

Sobre él indicó: “Cristo seguramente pediría la renuncia de Caldera y la voz del pueblo es la voz de Dios”.

No pudo haber proyectado Chávez que la historia pronto lo colocaría frente a aquel adversario, ideólogo del Pacto de Punto Fijo, para recibir de sus manos, aunque no por renuncia sino por aplastante mandato popular, la cinta presidencial y la Silla de Miraflores, para iniciar las exequias por la Constitución de 1961, y el aún inconcluso periplo del socialismo del siglo XXI.

Su intuición de comunicador, en función receptora, decodificó el mensaje del pueblo que se amalgamó con su propuesta: referéndum y luego Constituyente como única vía para salvar al país.

Seguro de que “el 4F fue una estocada mortal al sistema puntofijista”, se adelantó a las críticas planteando reconstruir el país sobre la solidaridad, para “devolverle la soberanía al pueblo. Esa sería la única dictadura que queremos, donde mande el pueblo”, expuso.

Escotero y sin maleta, como se anda por los caminos del llano, desde aquel 26 de marzo, emprendió su recorrido para confirmar el diagnóstico de esa Venezuela enferma de corrupción, de banqueros apadrinados, de desapariciones, de excluidos y pobres, que no eran más que cifras rojas como saldo de atinados proyectiles made in USA con huellas del FMI y el BM.

Ese andar por la calle hace recordar a Gustavo Luna: “El 19 de diciembre de 1993, Nicolás Maduro nos acompañó junto a Ángel Rodríguez, Franklin Amador Bordones y mi persona, a visitar al Comandante. Éramos trabajadores del Metro de Caracas. Allí Chávez nos dio un mensaje de salutación a quienes luego pasamos a laborar en estaciones y puestos de comando de las rutas del Metrobús. Sin dudas, Chávez era un presidente obrerista, tal como lo es Nicolás Maduro”, rememoró.

El anecdotario popular, en torno a aquel Chávez renaciente, lo ubica en un cine de Guarenas, con el aforo completo. De pronto se tocó el tema de posibles atentados en su contra debido a lo que estaba generando, y al estilo de esos gobiernos. Y una voz altisonante en tono vehemente retumbó: “Si a usted lo matan, Comandante, Venezuela arderá en candela por los cuatro costados. Se lo juramos”. Así lo refirió el profesor de historia, Andrés Velásquez.

En uno de esos viajes iniciales a Barlovento, se detuvo en el Guapo. Fue al urinario, donde un usuario cualquiera lo identificó: “¡Carajo, tú eres mi Chávez, el del ‘Por Ahora’!”, y sin pasar por el lavabo lo abrazó y estrechándole la mano le dijo: “Cuente con nosotros, Comandante. Cuente con este pueblo”. Ante lo cual, Chávez, entre risas y confusión, refirió: “Qué gran compromiso. No puedo fallar a esta esperanza de redención ¡En qué estoy metido!”.

Sobre ese comprender al pueblo, narra el propio Chávez en Los Cuentos del Arañero: “Dios mío, y ahora qué hago yo. Tumbaron la mesa, el micrófono, ahí había una moto, se cayó; un soldado se atravesó diciéndoles que se pararan, lo tumbaron, el fusil rodó por allá. Yo rodé, me rompieron el liquiliqui. Ahí entendí mi destino…”

Iniciaba la siembra del Comandante en el corazón del pueblo, que comenzó a seguirlo en su Proyecto Nacional Simón Bolívar que se basaba en el Árbol de las Tres Raíces (Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez), lo que en teoría estaría garantizando un sistema de Gobierno que produzca la mayor felicidad posible y la mayor estabilidad social posible.

Por eso, un día como hoy, hace 23 años, Chávez inició su camino hacia las catacumbas del pueblo./ CIUDAD CCS

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