La insurgencia en Colombia y el reto de la política

Frente al reto del presente, surgirán miles de emociones y miedos, pero en el tiempo de la palabra, que nadie enmudezca

Ramón Martínez M

Resultado de imagen para La insurgencia en Colombia y el reto de la políticaColombia es un país con una violencia sempiterna. Una de las expresiones más visibles ha sido el levantamiento guerrillero, el cual está ligado a la traza de todo el siglo XX Colombiano. La guerra de guerrillas, sin embargo, es una creación espontánea de la resistencia popular. No fue una invención de los comunistas o revolucionarios, éstos solo la articularon a una estrategia de poder antisistémica. Surgió en un espacio político invertido, donde el cierre de la política y el derecho mínimo a la vida la configuró como respuesta popular de reafirmación vital.

Desembocó luego en un inmenso tejido de lucha social, política y militar que podemos denotar desde la categoría de insurgencia política, así, la insurgencia no es solo un aparataje de acción y reacción militar, es también un enjambre social y político de comunidades y redes de acción, tanto en el campo como en la ciudad, movilizadas en la acción no violenta unas veces y en las operaciones bélicas defensivas u ofensivas en otras.

La insurgencia ha sido una afirmación vital de soberanía nacional y democracia. El pueblo colombiano no ha conocido más dignidad que sus armas. Hombres y mujeres que fueron dejados a la orilla de los ríos masacrados, han emergido con cara de insurgentes de distancias ignotas para seguir diciéndonos que la lucha no ha terminado, que si mil veces los matan, mil veces volverán, porque son valores, son fuerza ideológica indestructible, en busca de su concreción social.

Si es legítimo el levantaLa insurgencia en Colombia y el reto de la política C miento insurgente está demás, pues la legitimidad es hoy prefabricada o destruida en los laboratorios de guerra mediática, basta con decir, que es parte de un ciclo de guerra justa, su justeza está en la pervivencia de las causas de cierre político que lo originaron y de acumulación por desigualdad como lógica permanente del modelo económico, así lo demuestra la abundante literatura,crónicas y estadísticas al alcance de cualquier lector crítico que quiera develar las causas de este fenómeno.

Durante más de 5 años el gobierno nacional, junto con la guerrilla de las FARC-EP, adelantó diálogos en La Habana, con el objetivo de encontrar una salida política al conflicto capaz de parar la guerra. La insurgencia y el movimiento popular, convergieron con una propuesta de paz sustantiva en lo económico, social y político; el gobierno, del que esperábamos una propuesta de paz mínima, expresada en la apertura de la democracia, descomposición de los factores de terrorismo estatal y reconocimiento político de los insurgentes, llegó a la mesa de diálogo con una propuesta de capitulación, aprovechando para ello todo el ruido mediá- tico, mostraban una y otra vez a una insurgencia derrotada militarmente.

Finalmente la correlación militar y política, que claramente expresaba la improbabilidad de asalto militar al poder desde una insurrección popular, también expresaba el límite de la apuesta contrainsurgente, la guerrilla se erigía como indestructible, su accionar obstruía de manera persistente el nuevo ciclo de acumulación minero y agroindustrial. ¿Era un empate estratégico?, Tal vez no era el concepto más apropiado, la escena era de bloqueo estratégico, la insurgencia se afincaba como una expresión extendida de guerra campesina, pero sin poder de alterar el tablero de la política nacional que obligadamente discurría en lo urbano, donde hoy se concentra el 80% de la población colombiana.

Su pequeñez política en lo urbano no era, sin embargo, producto de una mentalidad que privilegiara el campo como espacio central de la lucha de clases. La configuración del espacio urbano era y es el subproducto de tres décadas de terror intensivo que llevó a expulsar por la vía del aniquilamiento físico a los partidos de izquierda como la UP, A luchar, el Frente Popular y el Movimiento Popular Urbano. El ciclo de terror vivido de 1978 hasta hoy se daba y se da como la repetición del ciclo que en los primeros 20 años del siglo XX respondió con masacres al movimiento obrero urbano que emergía. Durante los 40 aniquiló al Movimiento Gaitanista hasta tocar a su líder máximo, durante los 60 cercó y reprimió el surgimiento del Frente Unido y su dirigente máximo Camilo Torres, en los 70 robó las elecciones al Partido Nacional y Popular ANAPO, ganador de las elecciones presidenciales. Lo urbano es el espacio del disimulo, la careta democrática abre el espacio civil de las elecciones, pero en su curso ves como van cayendo fusilados los candidatos antisistémicos. Gran democracia, se respetan todas las formas procedimentales del estado de derecho, las élites se ufanan de ello, pero no escatiman en violar el derecho fundamental a la vida.

Y ahora, después del terror, después de la resistencia justa, se configura un nuevo escenario de disputa, las FARC-EP, cavarán ahora sus trincheras en la sociedad civil. Su tarea será la de reconstruir el sujeto pueblo, como el espacio de lucha vibrante de los explotados, oprimidos, discriminados y excluidos.

Buscará con afán construirse como destacamento de asalto electoral a la institucionalidad. La guerra de movimientos será ahora política, y las formaciones de posiciones, serán desde la construcción de tejidos populares, sólidos, ligados a los territorios, aquí su tarea será productiva y cultural. Su forma podremos denotarla como Frentes de Poder Territorial, capaces de transfigurarse en olas y movimientos de disputa social y electoral. En lo agrario tiene como obstáculo la persistencia del mercenarismo contrainsurgente, en las ciudades el cerco mediático que buscará destrozarlos moralmente, evitando que su relato de heroísmo contagie a nuevos sectores. También enfrentará su propio desprestigio ante grandes sectores populares, logrado a través de las operaciones de guerra sicológica desatada desde la inteligencia militar, pero también de los propios errores político militares que restaron espacios de legitimidad urbana importantes.

Toda esta apuesta pareciera verse incierta ante las vicisitudes actuales de la implementación de los acuerdos, lentitud en las adecuaciones de los campamentos, obstáculos en el trámite legal de los proyectos de ley, etc. Pero era de esperarse que este paso no sería color de rosa, menos después de haber sido derrotado el plebiscito por la paz, el cual fue el indicativo del reempoderamiento del pensamiento moral y político conservador y de ultraderecha. Igual ocurre con la arremetida de asesinato de líderes sociales, los cuáles ya suman más de 30 en estos dos meses de 2017.

Pero surge ante estos obstáculos un relato muy peligroso, es el que argumenta que nada ha cambiado, que todo sigue igual, que la salida política es traición y debe insistirse en la lucha armada. Esta reacción es de una emocionalidad comprensible, pero es portadora de una pobre apreciación estratégica, pues no alcanza a desentrañar el inmenso empuje que la salida militar tuvo en los últimos 27 años sin alterar en lo más mínimo las formas del poder. Unas FARC-EP hechas partido y desplegadas en una nueva forma de acción política ligada a los territorios, con todo lo minúscula que pueda ser en sus inicios, delineará un nuevo escenario para todos los actores nacionales donde el nuevo partido y la lucha por la concreción del acuerdo de paz será una medida fundamental del actuar de todos. •

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