Política para paladares exigentes

Carola Chávez

Los programas de radio opositores son una fuente inagotable de disparates. Lo cómico es que hablan en serio, muy en serio, con sus voces impostadas, pronunciando cada palabra con infatuada cadencia, arrastrando las eses, exagerando la labidentalidad de la V hasta provocar un zumbido que deja claro que esa es la V de vaca y no la de (cha)burro.

Estos programas son para gente decente y pensante, gente educada, viajada, gente de mundo, con roce social, que no se conforma con una simple arepa o con una insípida canilla, como dijo una atribulada analista en uno de los programas más sintonizados por los demócratas de este país. Ella, fúrica con Maduro, le explicaba al país que su paladar “exige” cosas distintas al pan canilla, como los cachitos, por ejemplo. Y el aclamado periodista conductor del programa, también de exigente paladar y barriga que lo confirma, entre desgarrado y desafiante, acompañó a su invitada en su hambre de ese jamonoso sabor que la dictadura les niega, porque “claro, en un país libre uno puede darse esos gustos. Acá tienes que comer lo que digan Maduro y Tareck”.

Y cambias de emisora y el drama país sigue, esta vez en la voz de una mujer, de esas que pronuncian cada sílaba con la boca apretada en un círculo pequeñito, porque así, creen ella y Lila Morillo, las palabras suenan más glamorosas. Un programa para mujeres -con un ataque crónico de nervios. Media hora llena de sabios consejos de invitados “expertos en el tema mujer”. “Hoy hablaremos de la autoestima de la mujer venezolana, tan golpeada con esta crisis a la que nos arrastró el madurismo una vez que el maquillaje está a precios que pocas mujeres podemos pagar…”.

Y seguimos por el dial y para caer en una discusión interesantísima entre dos expertos que, si bien están de acuerdo en que Venezuela debe que ser gobernada por un gerente, no están claros si ese gerente debería ser Lorenzo Mendoza o El Conde del Guácharo, el primero más europeo, lo que es deseable, y el otro quizá demasiado “tropical”… ¡Clic! Todo el dial lleno de sabiduría.
Así, cuando Julio Borges declara, sin que se le despeinen las cejas, que “las medidas que obligan a las panaderías a vender pan todo el día es un atropello al pueblo” (sic), la gente decente y pensante lo aplaude, mientras los chaburros no entendemos nada.

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