La invasión de Colombia y EEUU contra Venezuela

José Gregorio Linares
banderas-eeuu-colEl 26 de julio de 1901 por orden del gobierno conservador colombiano de José Manuel Marroquín, 6.000 hombres fuertemente armados invadieron Venezuela. “Aquel ejército había traído la consigna de saquear nuestros pueblos, mancillar nuestra honra y enriquecerse con el fruto de nuestro trabajo”, cuenta un testigo de los hechos. Para cubrir las apariencias, al frente de las huestes fue puesto un venezolano, Carlos Rangel Garbiras, un apátrida que había sido presidente del Gran Estado de Los Andes. Ante la agresión, el presidente Cipriano Castro proclamó: “el sagrado suelo de la patria ha sido invadido por un ejército de colombianos”. De inmediato, los venezolanos salieron a combatir a los invasores. Nuestras fuerzas eran numéricamente inferiores, pero lucharon con bravura y heroísmo durante tres días y medio. Al final, los ocupantes fueron derrotados. En el terreno quedaron regados más de 1.500 muertos de ambas nacionalidades, entre ellos José Rosendo Medina, padre de Isaías Medina Angarita, quien cuarenta años después sería Presidente de Venezuela.
Lo que se ventilaba no eran simplemente las diferencias entre dos naciones vecinas, sino un conflicto entre dos bloques de poder antagónicos: el bolivariano y el colombo-estadounidense. El primero estaba representado por el presidente de Venezuela, Cipriano Castro; el de Ecuador, Eloy Alfaro; el de Nicaragua, José Santos Zelaya, con el apoyo del líder liberal colombiano Rafael Uribe Uribe. Habían suscrito un pacto secreto el 9 de noviembre de 1900, mediante el cual se proponían continuar el legado del Libertador y refundar la Gran Colombia como estrategia para frenar el avance expansionista de EEUU y defender nuestros pueblos de cualquier ataque foráneo. En concreto si cualquiera de las naciones signatarias era atacada, juntas enfrentarían la agresión.
El segundo bloque representaba a la oligarquía colombiana subordinada a Estados Unidos. Esta coalición no era más que un alfil de la potencia estadounidense, por tanto se oponía a la refundación de la Gran Colombia. Sus planes eran que EEUU ocupara posiciones estratégicas en Suramérica para así ejercer mejor su dominio en la región, desestabilizar los gobiernos nacionalistas que defendían su soberanía, e imponer gobiernos vasallos que obedecieran las políticas de EEUU.
A pesar de que en el campo de batalla vencimos al bloque enemigo, éste realineó sus fuerzas y en pocos años logró victorias contundentes que hicieron de Estados Unidos una superpotencia, y de Suramérica su patio trasero. Primero, en 1903, EEUU apoya el movimiento secesionista panameño y se apodera a traición de Panamá que era parte de Colombia, su socia. Hundieron su espada en medio de Latinoamérica para controlar mejor nuestros destinos. Alegaron “el derecho de expropiación sobre las razas incompetentes”. De este modo EEUU ocupó un territorio estratégico en el centro del continente. Esto ya se veía venir. Fue denunciado con anticipación (23 de marzo de 1901) por Rafael Uribe Uribe, quien conocía los planes imperiales. Escribió a sus conciudadanos: “Apoderados [Estados Unidos] de Panamá, su predominio sobre todo el Continente queda asegurado, y sería de preguntar con qué derecho Colombia, por su sólo interés particular, compromete la independencia y porvenir de las demás repúblicas hispanoamericanas, favoreciendo el desmesurado desarrollo del imperialismo yanqui”.
La respuesta de la oligarquía colombiana no pudo ser más vergonzosa. Se cuenta que un general colombiano, Pedro Nel Ospina, preocupado por la amputación del territorio colombiano con el apoyo de EEUU, fue a visitar al presidente de Colombia José Manuel Mallorquín. Éste lo recibió diciéndole: “General, no hay mal que por bien no venga. Se nos separó Panamá, pero tengo el gusto de volverlo a ver por esta casa”.
Simultáneamente, EEUU financió y respaldó a los grupos de oposición proyanqui que se enfrentaban a los gobiernos nacionalistas y soberanos de Nicaragua, Ecuador y Venezuela. Ejecutaron magnicidios, asestaron golpes de Estado, propiciaron sublevaciones y colocaron gobernantes entreguistas. Todo con ayuda de la oligarquía colombiana. En el caso del líder liberal colombiano Uribe Uribe que apoyaba al bloque bolivariano, la solución fue más directa: le calumniaron sin descanso a través de la prensa conservadora; y en virtud de que su prestigio no menguaba contrataron dos sicarios que le partieron el cráneo con dos hachuelas cuando caminaba por la plaza Bolívar.
Hoy la historia se repite. Colombia firma un pacto con la OTAN, la más grande coalición guerrerista del hemisferio, controlada por USA. Con esta alianza se reactiva el bloque colombo – estadounidense que “compromete la independencia y porvenir de las demás repúblicas hispanoamericanas, favoreciendo el desmesurado desarrollo del imperialismo yanqui”. Colombia se convierte nuevamente en peón del gobierno gringo, el cual aguarda sigilosamente para dejar caer su garra sobre cualquier país de Latinoamérica y el Caribe. Ahora, su principal objetivo es atacar Venezuela y destruir la Revolución Bolivariana. Amenaza nuestra integridad, cercena nuestra soberanía y pone en riesgo nuestro futuro. Su consigna es la misma que en el pasado: saquear nuestros pueblos, mancillar nuestra honra y enriquecerse con el fruto de nuestro trabajo. ¡Alerta, no podemos permitirlo!

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