La hayaca: entre el hispanocentrismo y la ideología de los “pueblos nuevos”

 

Saúl Rivas-Rivasilustracion-opinion-211216p09-la-hayaca-entre-el-hispanocentrismo-y-la-ideologia-de-los-pueblos-2Si algo caracteriza a la hayaca o hallaca en los orígenes de la nacionalidad, es su innegable ancestro indígena y de esa ancestralidad, su indesligable matriz colectiva: es por ejemplo inconcebible, que alguien haga hayaca para comerlas sin compartir con la familia y otras familias, con la comunidad y otros vecindarios. El compartir es el humus, el aliento vital del chamanismo comunitario bajo el fuego sagrado de un nuevo espíritu navideño. Tienen su toque celestial y nuestros mártires y libertadores también son llamados a la Mesa Común del poeta Walt Whitman. Los animales y las plantas, el sapo, la oruga y el guijarro.

Lo viejo y lo nuevo se encuentran con todos los tiempos de nuestra historia. Indígenas, afroamericanos, mujeres y blancos de orilla de Las Islas, hermanados en relaciones de trabajo esclavócratas, patriarcales y semi-feudales, como carne de cañón para abrir caminos al capitalismo; le hemos dado en cada navidad a la hayaca, en cada fase de su desarrollo histórico, un nuevo espíritu colectivo, una nueva estética culinaria, nuevos enriquecimientos de presentaciones, aromas, colores y sabores en sus guisos, amarres y envolturas. Luego en la mesa servida y compartida. A pesar de las crisis y las guerras soterradas bajo las amenazas del fascismo que pretende robarnos la alegría y arrancarnos los sueños y esperanzas, quienes buscan romper la integración bolivariana, continental y caribeña. Mercosur, Unasur, Petrocaribe, la CELAC. Pero el ALBA estará en la resistencia y emancipación.

Los hispano- céntricos la reclaman casi como suya, en las memorias y “los gustos barrocos de la colonia”, dejando a nuestra América sólo “el molde” o la osamenta: su envoltura de la masa del maíz y de las hojas de bijao o de plátano, mientras que la riqueza de sus ingredientes se le atribuyen a “lo barroco y multisápido de Europa” y “lo que trajo el conquistador”. Se refieren a las aceitunas, alcaparras, pasas, almendras, carne de vaca, de cerdo o de pollo, ocultando otros elementos americanos. Preguntamos: ¿son de Europa o son de Egipto las aceitunas? ¿son de Europa o de Asia Menor las alcaparras o las pasas, hijas del desierto? ¿No son la gallina, el ajo, la cebolla de la India?¿Y es de Europa la carne de vaca? ¿El pavo, otro ingrediente de nuestra hayaca, no es de Centroamérica o vino en el Mayflower de los peregrinos para hacerlo su plato típico? Además de otras carnes autóctonas de cacería o las nueces y almendras tropicales. ¿No son los ají y los pimientos, los tomates, algunos cebollines silvestres, la papa y el onoto de América? Dicho sea de paso, siempre es recomendable a cada región simplificar un poco el guiso de sus componentes para hacerla menos compleja y más digestiva, sin desmedro de sus olores, colores y sabores naturales. Pasando por sus modalidades vegetarianas.

En definitiva la hayaca o tamal es nuestra americana y de naturaleza intercultural a lo interno y a lo externo del continente en su continuo devenir histórico. Mucho de “lo que el conquistador trajo” no es europeo, sino expropiación y herencia de otros continentes. De África y Asia, luego de América. Por esa vía es imposible impulsar el diálogo de civilizaciones, sin ignorar los profundos antagonismos sociales de clases, castas y estamentos, con sus racismos y eurocentrismos y la lógica de la razón instrumental del capital y la globalización neoliberal. Hemos denunciado siempre la tendencia de los historiadores de la alimentación, de poner el énfasis en la gastronomía y no en nuestra diversidad agroalimentaria, la mayor del planeta para negarle vitalidad y consistencia a nuestra identidad nacional y cultural, nacional y continental.

Plato ancestral de Abya-Yala, está en las huellas de un pasado y de un florecimiento colectivo este “pastel” de los siglos remotos, con su evolución y desarrollo en los últimos cinco siglos. Hija legítima del legendario maíz americano, con barbas de sol en sus mazorcas. De este tamal llamado hayaca o hallaca, en cada familia y en cada región del país adquiere un toque especial, una personalidad local. Siempre hay, en cada familia, la sutil pretensión –muy legítima- en que “la mejor hayaca la hace mi mamá”. Lo esencial está en la alquimia milagrosa del alma de las manos de nuestras mujeres y de una nueva división del trabajo familiar y comunal.

Destaca en nuestra historia una especie de hayaca o de tamal itinerante (hayaca seca, como avío de viajeros). Uno de esos tipos recorría el Orinoco, desde Apure hasta Guayana para darle aire de viajera en la temporada decembrina. Yendo más lejos, de Mesoamérica se extendió a varios países, incluso al archipiélago filipino, donde se habla el castellano además del tagalo, el cebuano y otros idiomas malayo-polinesios. ¿Por qué es “mestiza” o “sincrética” nuestra hayaca, convertida en “catira” y no lo son los variados ingredientes y multisabores “europeos” o europeizados expropiados a todos los pueblos del mundo?

En síntesis, si algo enseña la hayaca, hallaca o tamal es precisamente lo contrario, que no somos ningún “pueblo nuevo”, que en el decir de Chávez, “somos tan nuevos y tan viejos como Europa”. Que lo esencial de la hallaca no está sólo en sus ingredientes sino en su matriz colectiva, en el encuentro afectivo y en el compartir, en su lucha interna contra el individualismo y el egoísmo, en la comunión en familia y en la comunidad de trabajo. Por tanto, ese plato típico venezolano, en definitiva, no cabrá nunca en el manto estrecho del hispano centrismo de la “cultura única mestiza” y de un supuesto “sincretismo cultural”, en camino a la “asimilación” por parte del pulpo de la occidentalización compulsiva y unilateral que ahora pretende anglo-norteamericanizarnos, negando los pesebres franciscanos para imponernos a San Nicolás y la efímera luz de sus arbolitos de navidad dolarizados y de las vidrieras de sus grandes centros comerciales. ¡No cambio la luz de los cocuyos por los avisos de neón!

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